Una invitación al palacio

En un reino lejano, donde los castillos se alzaban sobre las montañas y las campanas anunciaban el paso de las horas, gobernaba un rey conocido por su poder y grandeza.
Sin embargo, detrás de su corona y sus vestiduras reales, guardaba una extraña costumbre: de vez en cuando, se disfrazaba de mendigo y recorría las calles de su reino para conocer, con sus propios ojos, cómo vivía su pueblo.
Un día, el rey salió a las calles a pedir unas monedas. Mientras extendía la mano, muchas personas pasaban a su lado y lo miraban con indiferencia, sin detenerse a ayudarlo. Otras, incluso, lo observaban con desprecio.
En medio de aquella multitud, se acercó una mujer de gran belleza. Se detuvo frente a él, depositó unas monedas en su mano y le dijo con dulzura:
—Para ti. Yo también sé lo que es pasar necesidades.
El rey quedó profundamente conmovido por la belleza y la bondad de aquella mujer. Al regresar al palacio, llamó a su consejero real y le confesó:
—Hoy he conocido a la mujer más maravillosa y hermosa que he visto en mi vida. Su rostro es como la blanca porcelana, sus manos parecen de seda y su corazón posee una bondad y una dulzura que pocas veces he encontrado. Y creo que…
—¡Oh, majestad!
—Lo interrumpió el consejero real—.
— La mujer que has encontrado… todo el mundo ha estado con ella.
El rey lo miró desconcertado y preguntó:
—¿Cómo?
El consejero, apenado, bajó la voz y respondió:
—Majestad, esa mujer es una ramera.

La decisión del rey
El rey, intrigado, molesto y, al mismo tiempo, confundido, decidió prohibir aquellas prácticas en su reino. Para hacer cumplir su mandato, desplegó soldados por las calles y estableció un toque de queda.
Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba. Mientras patrullaban las calles, los propios soldados visitaban a aquellas mujeres, entre las que probablemente se encontraba la mujer que el rey había conocido.
Al enterarse de aquella situación, el rey, desesperado y afligido, llamó a su consejero real y le dijo:
—He tomado una decisión. No me importa lo que haya hecho esta mujer. Quiero traerla al palacio. Ve y dile que el rey se ha fijado en ella.

La invitación al palacio
El consejero real obedeció y salió en busca de la mujer. Finalmente, la encontró en un bar y comenzó a seguirla hasta un callejón. Ella, al notar su presencia y pensando que pretendía hacerle daño, se volvió y le dijo con temor:
—¿Qué quiere usted? ¡Aléjese de mí!
El consejero levantó las manos para tranquilizarla y respondió:
—No temas, no te haré daño. He venido en nombre del rey. Su majestad se ha fijado en usted y desea que se convierta en su reina.
La mujer, sorprendida, dibujó una sonrisa incrédula en su rostro y preguntó:
—¿El rey se ha fijado en mí? ¿Acaso no sabe qué clase de mujer soy ni a qué me dedico?
—El rey está al tanto de tu situación —respondió el consejero.
La mujer bajó la mirada y, con una mezcla de tristeza y resignación, dijo:
—Yo ya tengo una vida hecha y una fama conocida. No conozco otra vida que no sea esta. Para alguien como yo, no existe otra forma de vivir. No puedo cambiar…
Entonces, el consejero real llevó la noticia al rey, quien comprendió que no podía obligarla a aceptar su propuesta. En medio de aquel absurdo, se percató de que se había enamorado de una completa desconocida. Finalmente, tras reflexionar durante unos instantes, dijo:
—Entiendo que esta mujer no me conoce, ni sabe quién soy. Entonces, solo dile esto. Dile que es bienvenida al castillo y que puede venir a vivir aquí inmediatamente.
»Conforme pase el tiempo, ella sabrá quién soy y qué tipo de vida le puedo ofrecer en mi reino. Solo el tiempo dirá si realmente se enamora de mí. No estará obligada a quedarse y podrá irse cuando ella lo desee.
»Pero dile que le extiendo esta invitación.

